En esta parte Freud se pregunta por la manía y también por la tendencia a la ambivalencia que existe en la melancolía. Vimos coomo la melancolía tomao una parte de los caracteres del dueloy otra, del proceso de la regresión a la elección de objeto narcisista, viene a a añadirse ahora la tendencia a que surja el conflicto de ambivalencia puesto que, la pérdida del objeto erótico es una excelente ocasión para hacer surgir la ambivalencia de las relaciones amorosas.A partir de aquí Freud piensa en el conflicto de ambivalencia que se origina, a veces por experiencias reales y otras por factores constitucionales y concluye que ha de tenerse muy en cuenta en las premisas de la melancolía. De este modo, la carga erótica del melancólico hacia su objeto experimenta un doble destino. Una parte de ella retrocede hasta la identificación narcisista y la otra bajo el influjo del conflicto de ambivalencia, hasta la fase sádica cercana a este conflicto. Y esto dice Freud es lo que aclara el enigma de la tendencia al suicidio, que tan interesante y tan peligrosa hace a la melancolía.
Pero la peculiaridad más singular de la melancolía es su tendencia a transformarse en manía, o sea en un estado sintomáticamente opuesto. Sin embargo, no toda melancolía sufre esta transformación. Algunos casos no pasan de recidivas periódicas, cuyos intervalos muestran cuanto más un ligerísimo matiz de manía. Otros presentan aquella alternativa regular de fases melancólicas y maniacas, que constituye la locura cíclica.
En la manía, tiene que haber dominado el yo la pérdida del objeto o el duelo producido por dicha pérdida o quizá al objeto mismo. Quedando así la libido libre. El maniaco nos evidencia su emancipación del objeto que le hizo sufrir, emprendiendo con hambre voraz nuevas cargas de objeto. Pero se nos plantea la pregunta de.. Si el duelo normal supera también la pérdida del objeto, y absorbe, mientras dure, igualmente todas las energías del yo ¿por qué no surge en ella ni el más leve indicio de la condición económica, necesaria para la emergencia de una fase de triunfo consecutiva a su término?.
De las tres premisas de la melancolía, la pérdida del objeto, la ambivalencia y la regresión de la libido al yo, volvemos a hallar las dos primeras en los reproches obsesivos consecutivos al fallecimiento de una persona. En este caso, la ambivalencia constituye incuestionablemente el motor del conflicto, y comprobamos que, acabado el mismo, no surge el menor indicio de triunfo como en el estado de manía. De este modo hemos de reconocer que el tercer factor es el único eficaz. Aquella acumulación de carga, ligada al principio, que se libera al término de la melancolía y hace posible la manía, tiene que hallarse relacionada con la regresión de la libido al narcisismo.

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